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RESERVADO EL DERECHO DE ADMISIÓN

Un intelectual dice una cosa simple de un modo difícil y un artista dice algo difícil de un modo simple.
Charles Bukowski

 

 


Siempre pensé que Bukowski y Tom Waits eran la misma persona. Comencé a sospecharlo a finales de los noventa cuando lo vi, borracho, en la puerta del B52. Málaga era una ciudad con pocos antros dedicados a la música menos comercial, aquella que venía de lejos y que sólo se podía escuchar a altas horas de la madrugada en lugares como el Búnker, donde se ejercía el derecho de admisión. Tras propinar unos golpes al portón, se asomaba el encargado de turno -que solía coincidir con la persona más cercana a la puerta- y te permitía, o no, entrar y formar parte del club. El día que descubrí que Bukowski y Tom Waits eran la misma persona, fue tras entender que su relación con la música y con la literatura, respectivamente, era muy salvaje, muy de piel. Alejandro Castillo parece haber llegado a una conclusión similar. El título del compendio de poemas de Bukowski Toca el piano borracho como un instrumento de percusión hasta que los dedos te empiecen a sangrar un poco (1977) ha resultado ser la metáfora de esa relación física entre el sujeto y su obra. Al escritor norteamericano le dedica Historias de un hombre indecente (2013), y la serie de acuarelas Girls (2015) bien podría formar parte de las ilustraciones de Mujeres (1978) o La máquina de follar (1992).

Por otra parte, Castillo ha buceado en lo que de indómito tiene el rock y punk que se escuchaba en el Búnker, rescatando iconos de otros tiempos y haciéndolos suyos; muestra de ello son los óleos dedicados al grupo de rock radical vasco de los 80’s Eskorbuto, a los que destina versiones de sus provocadoras portadas Los demenciales chicos acelerados -en el cuadro, un retrato a lo Familie Liechti de Richter, con Hitler y dos de los componentes del grupo, irreconocibles- y Antitodo -más fiel al diseño original, con cruces blancas invertidas que sobresalen del fondo empastado y neutro.


En 1992, Tom Waits publica su decimoprimer álbum, Bone Machine. En el mismo año, Alejandro Castillo nace en Melilla, una ciudad de contrastes, de guetos muy marcados, de costumbres sumamente arraigadas. Su obra se debe a la mediterraneidad tanto como a la frontera, a las pateras que llegan o naufragan, y al melillero que facilita el regreso a la Península, que es como llaman los oriundos al resto del país (fig. 1). Detalles de su habitación (figs 2 y 3), de lugares de recreo (fig. 4), la ventana a la que se asoma (fig. 5), o el antiguo coche de su padre (fig. 6), son algunos de los motivos que suelen repetirse, de forma premeditada, en óleos y collages a lo largo de toda su andadura. La premisa de unir el arte con el flujo de la vida es una de sus características más acuciantes, independientemente del tema o de la técnica que utilice. Este gesto vanguardista le acerca al resultado de trabajos de los integrantes de CoBrA (figs. 7 y 8), también su inmediatez y frescura, su atención al proceso pictórico y a la acción de pintar, y el gusto por lo primitivo entendido como lo inherente al ser humano, sin apenas filtro.


Adrenalina bendita con mis pollos (Galería JM) y My lovely forbidden rooms (Sala de Exposiciones de la Facultad de Bellas Artes de Málaga) se solapan y se complementan, ofrecen una visión unitaria de la producción de Alejandro Castillo. Por una parte, un conjunto de obras de corte más naif, donde la impronta de la pintura informalista de los años 50 está muy presente; por otra, una serie de interiores en óleo empastado que comprenden desde bodegones contemporáneos con guiños pop, hasta espacios íntimos que revisitan la pintura de género de siglos pasados. Castillo no esconde sus influencias: la cultura clásica (figs. 9 y 10), hábitos renacentistas como la presencia del cuadro dentro del cuadro (figs. 11 y 12), interpretaciones de Manet -Monet con su esposa en su estudio flotante (1874) o Desayuno en la hierba (1863)-, pinceladas nabis y fauves, descubren su interés por el arte de todos los tiempos. Con el primigenio collage también tiene una relación contractual, no sólo por el disloque visual o la presencia de sus objetos fetiche, sino por la cercanía a la decoración del papel pintado -en su caso estampados- que, en su origen, fue introducido en las obras cubistas como símbolo de modernidad y como crónica de aquellos días, en los que lo nuevo comenzaba a introducirse por medio de los grandes almacenes de ciudades como París. A su vez, estos detalles recuerdan a cómo los cubistas introducían imitaciones al veteado de la madera con peines de acero. El artista comparte esa función de cronista al utilizar -descontextualizados- materiales extraídos de recortes a color de revistas, así como imágenes públicas de redes sociales como Facebook (fig. 13) e Instagram (fig. 14). Al mismo tiempo, se entrevén referencias al expresionismo, al pop de Tom Wesselmann, a los interiores de Matthias Weischer y, en el ámbito local, al malagueño Francisco Peinado -algunas de sus escenas sexuales y desnudos femeninos- y a los espacios fragmentados y vacíos de Carlos Miranda.


Tremendamente propios resultan los papeles dibujados con rotuladores acrílicos donde se diluye la frontera entre exterior e interior, y permiten el juego de una perspectiva imposible dotando a la escena de un carácter verosímil (Draw Game, 2016); los cuadros con alta dosis de materia y sombras pictóricas, con elementos que nos llevan al extrañamiento por su elección y repetición -plátanos, salvavidas, piñas con hagstag, sandías, patos, botellas de cerveza, arcos iris, cigarrillos, cartones de leche, papel higiénico, y otros más abstractos como los cuadrados y los rombos- y las obras que, debido a la sobredosis de pintura -a modo de repostería hecha con manga pastelera- tratados con barniz mate, dan la impresión de haberse hecho para ser consumidos.
La obra de Alejandro Castillo conjuga lo aprendido y la curiosidad por el misterio de lo cotidiano. Su compromiso con la pintura parece derivar de un origen sentimental, esto es, pinta porque no puede dejar de hacerlo. Ayer, ojeando un texto sin firma dedicado a la obra de Philip 
Guston en su página de Facebook, encontré algunas repuestas: “Se ha establecido que el impulso de pintar proviene, en primer lugar, del deseo de emular un cuadro conocido y, en segundo, del impulso de apretar el tubo y esparcir la pintura por el lienzo. El primero nos lleva a la tradición; el segundo a la materialidad. En los cuadros que resultan atractivos a la vista, ambos estímulos se combinan” (fig. 15). Repasando la obra de Alejandro Castillo recordé el día que descubrí que Bukowski y Tom Waits eran la misma persona.

 


María Jesús Martínez Silvente
 

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ADRENALINA BENDITA CON MIS POLLOS

 

Recuerdo su frase como el punteo de una guitarra en mitad de la melodía: “Hay que dejar que la pintura suceda”. Una reflexión arrojada así al viento de una tarde, puede que fuera en mitad de una noche, pero que dejó un eco de días y luciérnagas entre los dogmas y dogmas críticos que aprendí en las autoridades. Que fluya el texto sobre su propia lógica de verbos y adjetivos, la pieza escultórica sobre sus sintagmas de formas, que la fotografía libere sus luces desde la cuadratura del instante engañado. Que la pintura, en fin, suceda sobre su deje de texturas y colores. Que la existencia se aproxime un poco al arte con la timidez del perro que busca la caricia de su amo tras la siesta. Que suceda. Así de simple. Mis exploraciones de Adorno o Goldman enterradas por costras de mohos y líquenes. Desajustado al completo Blanchot y sus elucubraciones tan hermosas como las chicas que aún ríen en los sueños al fondo de un paisaje que jamás existió. Resuelto el artificio verbal de Foucault por una sola frase de Alejandro Castillo, sabe dios si una tarde o una noche. Cigarro en mano y sonrisa amplia sí quedaron ancladas a la memoria.

 

La vida sucede. Se desmaya como una bailarina de ballet sobre sus arrugas, colores y sonidos. Busco por la red a John Coltrane. In a sentimental mood. Necesito oír ahora esas breves notas de piano tocadas casi con el mismo descuido aparente con el que Alejandro Castillo, Lenny, va capturando una idea de mundo con la que tanto me identifico por más que nunca sepa el porqué. Tampoco averiguo qué me seduce de esos intermitentes martilleos de piano nervioso. Suceden, en efecto, como las hojas secas que flotan sobre el oleaje y dan forma en su desorden al mar. Como los besos, como la gripe, como tantas noches al final de la noche que despejan la madrugada, como la ineficaz sombra de la muerte que ni corta los semáforos, ni impide que las gaviotas vuelvan a chillar sobre mi ventana ajenas al café que bulle su aroma desde alguna cocina del patio cuando regreso. En efecto, sucede. Pero alguien tiene que mirar para contarlo luego. Ni el instante ni el fenómeno, sino el efecto que produjo. Y aquí llega Lenny con su maleta de mago tan llena de formas y colores y comienza a perpetrar el engaño. Me descubro frente a sus múltiples escenas.

 

Me sucedió que anduve liado con una prostituta de Chicago. Me vi a mí mismo así, en ese picado exacto. La neblina de la habitación nos juraba que nunca nos olvidaríamos hasta la próxima mañana. Me sucedió que por la mañana quería desayunar una loca. Pequeñas licencias que nos permitimos los malagueños sin necesidad de antropofagias. Una capa superior de azúcar naranja sobre hojaldre. Un bocado que enuncia sus principios estéticos. Sucedió que pasó el vendedor de pollos por el barrio y mi madre me regaló uno que murió a las pocas horas, justo cuando había volcado todo el cariño de mi pequeño universo hacia él. Una lección intensiva de nihilismo por pocas monedas.

 

Sucede y nada puede evitar que así sea. La complejidad del arte que me emociona, se basa en ver que ha sucedido lo que sucedió, lo que nos sucede a todos. El artista imprime a su obra los necesarios ingredientes para que el espectador experimente el suceso, sin ponernos platónicos que no hace falta. Quién no siente lo que sucedió en esas habitaciones arrumbadas del recuerdo. Quién no ha pretendido que fuesen eternas las volutas del helado, al menos en la eternidad de una tarde en este agosto del sur. Quién no ha deseado el patito que nada en la bañera, o el pollo por siempre pollo. Al fondo de los años queda un pasillo por donde deambulan preguntas inacabadas. Forman capas y nieblas como las que Lenny sabe acumular sobre esos lienzos que suceden por obra de su magia. Ensaya una y otra vez el truco del mismo modo que esas hermosas tardes que nos sedujeron quizás con un gris de lluvia como a mí me sucede que imagino cuando oigo el piano que acompaña a Coltrane, y que ahora uso para volver a disfrutar de la obra de una persona a la que admiro porque me regala una memoria que había perdido, incluso le permito que me mienta y me cuente lo que me pasó con aquella preciosa y triste putilla de Chicago a la que sólo pude pagarle con retazos de melancolía porque le contaba mi trauma del pollito muerto en mis manos. Sucede. Y Lenny lo conduce hacia un lienzo con bastidor como yo hago con las sobras del día cuando las desparramo por mis sueños.

 

Jose Luis González Vera

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IDENTIDAD: MODO DE EMPLEO

 

  1. Sitúese frente a un espejo

  2. Contemple durante un momento su reflejo, pero no se deje engañar. El sujeto que a su vez le contempla es tan sólo una aproximación, una máscara más. En realidad, y a pesar de su mirada escrutadora, poco puede decir de usted.

  3. Déjese desconcertar, pero no se desanime.

  4. Busque en la caja de herramientas que hay en su armario un martillo. Cójalo, admire su forma, su peso, la misma idea de martillo, y vuelva a la casilla de inicio, es decir, frente al espejo.

  5. Golpee violentamente con el martillo su imagen especular.

  6. Agáchese y reúna al azar en el suelo los pedazos obtenidos de la operación anterior.

  7. Contemple nuevamente su reflejo, esa figura fragmentada que ahora le representa y le multiplica. Tómese su tiempo.

  8. Déjese nuevamente desconcertar, pero no se desanime.

  9. Si quiere, puede reorganizar los fragmentos, buscar desesperadamente la forma que le otorgue apariencia de unidad, obviar el collage. Puede hacerlo, nada le impide intentarlo.

  10. Acepte que, aun así, es posible que las piezas de este puzzle, su puzzle, jamás logren encajar.

 

 

 Sergio R. Franco

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EL OLIGARCA Y SU OCTOPUSSY

Érase una vez, en los dominios de Instagram y Twitter, un muchacho llamado Alejandro que procedía de una paradisíaca ciudad costera al sur, donde manejaba el cotarro por encima de las putas y camellos de su pequeña villa con mano de hierro y una brocha desaliñada. Su principal preocupación era pasar la mayor parte de su tiempo deambulando por las abrasadoras calles de su localidad en busca de volubles metáforas a la par que capturaba fragmentos del mundo a su alrededor que llevar de vuelta a su estudio, donde confitaba opulentos almuerzos al óleo, plasmando su día en un botín escénico. Sus subordinados contemplarían de forma lasciva y alabarían aquella cosa. El objetivo era simplemente atiborrar a sus coetáneos de envidia en cuanto a cómo podía mantener el ritmo de vida despreocupado y promiscuo que daba luz a estas pequeñas y fantásticas ilustraciones. En cuanto a lo que a él respecta , se trataba de salvaguardar el secreto y nunca revelar a charlatanes y apóstatas el manantial de su chispa, la fuente de su estilo de vida: Sans Souci.

Primero y ante todo, el objeto del cartel era la vida nocturna de Málaga, Melilla, la saciedad química de sus encargados y su satisfacción virtual y, en este reino, Alejandro era un capo. Cabría entonces deducir que podía dedicar aproximadamente 18 horas al día, o algo así como 120 horas semanales; casi triplicando la jornada de un trabajador medio o la de un inmigrante. Dedicaba con picardía las migajas de tiempo restante a la  extorsión de sus aduladores paisanos del averno mediante sus estafas financieras piramidales, las cuales, sin duda alguna, financiaban su floreciente y austero imperio de pequeñas exquisiteces expuestas para la venta por su propio oligarca personal: El galerista Javier Marín.

Después de todo, era de sobra conocido - si no tácitamente inherente - que uno jamás podría ser un artista de escuela y producir obras para el mercado que fueran viables bajo un punto de vista crítico porque estas eran dos realidades divergentes; las cuales nunca convergerían a pesar de las críticas y opiniones de otros artistas que encajarían a la perfección en las paredes de las galerías que hospedaban las piezas no vendidas de docentes del arte. Por lo tanto, uno necesitaba una solución oportuna al problema del trabajo y de obtener los dineros mediante los cuales conseguir el tiempo y los avíos sobre los que se cimienta el arte. Era como sí - al igual que un pulpo – el preciado Alejandro tuviera ocho brazos con los que perseguía este equilibrio, como alguna clase de fenómeno de circo, haciendo malabares con pelotas y motosierras animadas durante el día; y frecuentando los clubs cada noche hasta bien entrada la madrugada , todo esto sin soltar su cigarrillo y lo más importante : sin profanar sus Adidas virginales. Como Celant y Merzar, al mismo tiempo  crítico y artista, nos postramos ante la audacia  de aquellos cuyas carreras como pintores fueron sacrificadas, queramos o no, al amasamiento de bienes que constituye la vida en la Edad Moderna; La incrédula noción de que individuos, llevaban a cabo actividades efímeras que les proveían del dinero con el que poder permitirse el tiempo para hacer su ''cosa'' visible ante todo. !Totalmente absurdo!  Para nosotros, resulta incomprensible.

Él era un distinguido mujeriego de elegancia humilde y un habilidoso maestro en lo suyo: no flaquear cuando se trataba de lo más importante: confeccionar cuadros. Mientras sus refunfuñones trabajadores curraban en su ausencia, deslomándose veinte horas al día trabajando y reponiendo las placas de Captagón que se convertirían en sus inocentes cereales, Alejandro vagaba por la ciudad , sin preocupación terrenal aparente , deteniéndose para observar un Agaporni que se había posado sobre una cerca de alambre a escasos metros de él mientras paraba para subir archivos multimedia a las emergentes plataformas sociales. ¿Filete y langostinos para cenar o sólo espeto? Eran tiempos difíciles para un proxeneta, pero alguien tenía que hacer esta mierda y en cuanto a  la mayoría de colegas que eran sus subordinados , carecía de la entereza o de los cojones para sobrellevar tal imperio de forma tan eficiente  en la que él acaudillaba el suyo propio. Por encima de todo, era la indudable capacidad multifacética lo que le hacía tan buen pintor.

Allá, en la gruta del traficante, su sombra era temida y su legado grabado en mármol como uno de los más perdurables y radicales pintores que hayan honrado con su presencia la plaza camino a su estudio para firmar sus obras maestras. Aquellos que perseguían el temporal consuelo procedente de cualquier cheque, nunca comprenderían sus cuadros de todos modos, ni estarían en posesión  de los excedentes necesarios para comprar ninguno. Además transmitía una trivial indiferencia que resultaba virtualmente imposible de replicar, lo que les traía de cabeza pero aparentemente sólo le conferían un aura de impasividad e inamovilidad cual nenúfar a finales del estío.

 Mientras tanto, todas sus amantes se volvían histéricamente celosas de su tiempo y de cómo lo empleaba sin ellas; adorables damas cuyas horas habrían sido mejor aprovechadas en el salón de belleza o bien, empolvándose la nariz en el baño del club de alterne, se encontraban de pronto bajo el hechizo de Alejandro, inconscientes víctimas de sus exultantes feromonas. Mas estas musas eran nada más que espejismos temporales … acuosos, áridos oasis  que iban y venían  en la senda hacia la redención.Su última misión era escapar incluso de sí mismo a través de la migración a la otra orilla de lo conocido; transgredir los límites preestablecidos de lo familiar y lo cotidiano. Esto es por lo que había elegido convertirse en peregrino. Era importante mantener la autonomía a expensas de la compañía, sin importar lo buenas que estuvieran estas zorras a simple vista. Esta era la única manera de moverse como un coyote sin ser detectado por los lugareños. Siempre habría nuevas y más apetecibles, y el problema con las novias era que siempre se volvían empalagosas y necesitaban saber dónde se había metido, incluso cuando sabían que había estado, como todos los días, en el zulo; enterrado en lo más profundo de su mente mientras sus manos  seguían la brújula de su corazón. De cualquier manera, no cabía la posibilidad de darles lo que querían : bebés, perfumes y tacones nuevos de Dior.

En hilachar esta trepidante y bárbara exhibición, Alejandro sacrificó todo aquello que se volvió prescindible y desterró todas las comodidades y lujos al inframundo. Después de todo, la complacencia nacía de los excedentes para volverse ágil y eficiente en el taller, todas las banalidades quedaron obsoletas como veréis en la propia exhibición.Para que estos lujosos artículos fueran de primera categoría y, al mismo tiempo, un valor invariable en el futuro, Alejandro tenía que encontrarse con el Señor Marín a mitad del camino. Era su deber entregarse con seriedad en el estudio, mientras los hipsters y putas retozaban toda la noche en los clubes nocturnos – actividad que para él era tan simple como untar mantequilla fundida. Esto requería verdadera disciplina, yonkies y chupasangres  tendrían que esperar. La suya era sólo una corta travesía a través del canal que separa la desesperación de la redención y, las balsas hinchables – si acaso ligeramente perforadas por el tiempo – eran vendidas a un módico precio por turbios vejestorios allá en la plaza situada frente a la tienda de materiales de pesca. La Balsa de la Medusa. ¿ Qué podría salir mal durante su absentismo? Estaban sus secuaces haciendo el trabajo sucio por él en el campo, trayendo fajos y recolectando los cogollos - por así decirlo – que se convertirían en el óleo que se consagraría como la esencia de su era. Esta era la parte importante... el mensaje en la botella. Dinamitando la pintura entre el espacio desconocido que comprende el estudio y las paredes del hogar del cliente.

Se hizo necesario construir una metafórica fosa alrededor del taller para protegerse a sí mismo en su mundo de sueños Technicolor y  asegurarse de que su colorida paleta no se viera enturbiada por las numerosas intromisiones  procedentes de los no iniciados. Después de todo, no era sólo un puñado de lacasitos que enmascaraban pastillas de éxtasis. Era auténtico cambio a manos de un chulo con clase bien curtido en el arte de gestionar metáforas. La primera es gratis, entonces los tienes enganchados; eso dicen. Para garantizar que esta fosa era efectiva, la pobló de cocodrilos devoradores de carne para mantener a los amateurs a raya... aquellos que constantemente aparecían intentando distraerle en llevar a cabo su arte. Para su regocijo, Alejandro arrojaría el típico gato doméstico o bien el ordinario perro en miniatura a la fosa para  alimentar a las voraces bestias y que nunca se desviaran de su principal objetivo: protegerle de los invasores espaciales. Si sus intromisiones continuaban, metería una sandía en la nevera y, tras una interminable espera, cortaría algunas rodajas con uno de esos modernos cortadores que uno puede fácilmente pedir en internet, sumiéndose en un total estado de alegría donde se alcanzaba la pura trascendencia.

Sin la presencia del alcohol y el tabaco en los estudios, galerías y cafeterías, el mundo del arte pondría el grito en el cielo en protesta. ¿Cómo se sustentarían todos los egos en ese hiperespacio crítico entre los asiduos al cubo blanco y el tan estereotipado y frágil mundo interior de las singulares y amenazadas especies artísticas para combatir en aquellas batallas que se libran entre la megalomanía y la inquietud ? Para evitar esta duda existencial, la galería ofrecería cajas de vino e insistiría en que los cigarrillos son parte esencial del currículum intelectual de la experiencia del arte en sí. Difuminándose entre las cenizas de un sueño, se prevé que se convierta en una caricatura de su previo ''yo'' en su gala de inauguración; un retrato en contraste de  Dr. Jekyll y Mr. hide. Antes y después de ''la cosa''. Sus intenciones se encuentran con las miradas escrutadoras de un infierno público empeñado en crucificarle por sus intentos fallidos en alcanzar la cima y con rabia contenida hacia ellos mismos por haber sido obviados para exhibiciones similares. En la Galería Javier Marín, se servirá agua y Aquarius, pues será una ardua batalla hasta que los grillados y alcohólicos que escribieron este artículo sigan una dieta estricta de marihuana, LSD, agua Evian y galletitas saladas. Esta redacción fue escrita en un campamento ''hippie'' de meditación donde hablar estaba prohibido, pero no los portátiles.

Pero Alejandro, con su sonrisa psicodélica del gato Chesire, es el galardonado en este pequeño juego en el que el gallinero apuesta con regularidad en aquellos que a largo plazo serán ganadores y perdedores. Los ganadores son los que hacen esto por su beneficio personal y formación; en una aparente ignorancia extástica de los efectos acumulativos del descuido y las consecuencias. Mientras los desdichados perdedores son aquellos que continúan con vehemencia  aferrándose a lo que ellos perciben como las duras verdades de ayer. Pobres desgraciados.... Atascados en el conocido estrecho de Gibraltar flotado entre su propia satisfacción sin siquiera hacer la mierda en primer lugar; y el reconocimiento que buscan tan desesperadamente a los ojos de otros estancados instructores como redención por ser revisionistas clásicos, golpeando el agua con tanta violencia que nunca alcanzarán las costas de la autenticidad en las que Alejandro se pavonea; haciendo gestos con los brazos mientras se ahogan en espejismos de tierra seca. Aquí... ¡ agarraros a estos lacasitos!

Mientras tanto, plácidamente sentado sobre sus arcas repletas de recursos culturales e intelectuales obtenidos en las sucias trincheras de las guerras libradas entre la alta sociedad que constituyen el día a día en el negocio del arte, sabe con total certeza que no se trata del dinero, sino de las putas, y de ir a casa y satisfacerlas noche tras noche. Primero la pasta, luego los coños; de acuerdo con el inigualable DJ Quik. Siempre he dicho no ser más que una perra multifacética y que más le vale a mi proxeneta saber como prostituir mi mierda y apañárselas paran encontrar al cliente adecuado. Solía gustarnos contar una pequeña broma después de cenar tras las exhibiciones de arte que era algo así como : ''Es posible hacer una pequeña fortuna en el mundo del arte...''  sirve de ayuda empezar con una grande. Afortunadamente para mi psicoterapeuta y, tristemente para mi banquero, siempre me he considerado un bohemio sin un duro al borde de la gran coyuntura financiera. Y , a juzgar por la sonrisa de Alejandro, pura pillería y alegría sin adulterar, puedo afirmar haber encontrado un hermano de otra madre al otro lado del mundo, uno al que aun no conozco en persona , pero cuyo enfoque y perspectiva sobre la vida como artista parecen entrelazarse a la perfección con los míos. En ese momento seremos como dos meros poetas sobrecogidos por internet;  polillas atraídas hacia las llamas, en gran parte por nuestro amor mutuo hacia una obsoleta tragedia emocional, y una bebida fría para acompañar después.

Afortunadamente para el señor Marín, podría incluso ahorrarse las preocupaciones en torno a si esta exhibición cubrirá los gastos y al mantenimiento de una galería de cuadros. Puede centrarse únicamente en entretener a los numerosos estudiantes; condes y condesas; a los pedantes ''eruditos'' y a la curiosidad que empieza a asomar hacia los cuadros de Alejandro en la exigente ''demi monde'' ,  obtener cuantiosos beneficios gracias a que su pequeño héroe del arte  nunca correría el riesgo de convertirse en un crítico o en un productor de basura comercial, ni en un insatisfecho trabajador de Correos. Verdaderamente ha topado con el próximo bombazo... La vida tras Banksy. Mientras tanto, el artista permanece obedientemente apartado en su autoinventada torre de marfil, una escuela para pájaros que esparcen la semilla, mientras alimenta con mascotas abandonadas a los enfurecidos cocodrilos justo bajo su alféizar...subiendo el volumen de sus auriculares para ahogar los gritos de los intrusos siendo desmembrados a tiro de piedra de su estudio;  tomándose un respiro para limpiar las brochas con una mano, el artista cefalópodo se engarza en otras siete tareas simultáneas; un granujilla ambidiestro  que puede liar un porro; mientras abre una cocacola fría; mientras responde a una llamada ; mientras escribe un libro, mientras chupa un sello; mientras hace el amor a la última coqueta que pueda haber caído en su máquina del tiempo. y esta destreza multipodal erigirá los cimientos de una fructífera y prolongada asociación fiscal para el Señor Marín y el Señor Alejandro.

Charles Linder.

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