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13.-Cartel.-Lapiz-sobre-papel,-cristal-y

OTROS LUGARES 
 
Los lugares que habitas dejan huella, eso es lo que pensé cuando vi sus nuevas pinturas. A veces, el trabajo del artista, en este caso del pintor, se asemeja al de un explorador, un ser que camina por lugares que nunca debió conocer para traerlos, cómo no, a la superficie de la tela. Hace años ya que conozco a Alejandro Castillo - Lenny para los amigos- y, por supuesto, su trabajo, y si algo me ha llamado siempre la atención es su actitud incisiva ante la pintura, la de un productor de objetos incansable bajo la estela de lo compulsivo. El reflejo que muestra al personaje guarda consigo las pesadillas y a veces los sueños del individuo en cuestión, y eso, afirmo, es lo que convierte al pintor en artista. La capacidad de rajarse el ojo mientras lo educas es la metáfora de todo creador visual, pero si, además, encuentras una veta en la tela sobre la cual entender de una manera distinta el camino propuesto, te conviertes en un animal extraño, y ésa es la razón por la cual me entusiasma escribir este texto. 
 
En el momento en el que entré al estudio de Alejandro lo primero que se me vino a la cabeza fueron las pinturas de paisajes de Harald Viggo Moltke, un artista belga que divide su producción en dos claras vertientes: retratos y paisajes. La segunda es básicamente una indagación hacia la doble temporalidad de la pintura y, la capacidad de ésta de pervertir su figuración, utilizando la aurora boreal como elemento de experimentación pictórico, algo extrapolable a las naturalezas muertas. Alejandro en este caso aplica esta estrategia a una dimensión física donde nos encontraremos con piezas de cartelería, esculturas, grabados y pinturas, todas ellas hiladas por el poeta francés Charles Baudelaire y sus Flores del mal, acercándonos aún más, si cabe, a la experiencia de lo extraño. 
 
Bienvenidos, por lo tanto, al estadío del caos, más allá de la imagen y del cuadro, a esta introspección tan radical como heterodoxa en el entendimiento y comprensión de la materia, a ese otro lado del espejo del que hablaba Carrol, que revela pero no muestra. Si algo está claro es que la pintura no va a morir y menos la de Lenny, cuya voluminosidad parece como si en un grito entonara “alguna vez”  la palabra escultura, inmersa en el bucle infinito de la segunda dimensión, una ventana para mentir y ser consciente de ello, un infierno colorido que se asemeja a un mundo de penumbra sólo para el espectador más avispado, cuya obligación es leer sus diferentes estratos o grados. Para el neófito del asunto, una pintura de Lenny supondrá el poder disfrutar de unas obras coloridas y (disculpen la palabra) bonitas. Aunque también los hay sádicos, que disfrutarán del realismo más brutal: asomarse al precipicio subido en un pollo amarillo y contemplar el inmenso abismo, mientras (y permítanme la poesía) mueren las moscas sobre el cuadro. 
 
Al fin y al cabo de poesía es de lo que vamos a hablar aquí, por lo que intentaré establecer una línea transversal que acribille (por supuesto mortalmente) a la pintura. Las heridas que surgirán de esta reyerta interdisciplinar nos permitirán  establecer y articular un esqueleto conceptual que nos guíe, casi a modo de Caronte, por los espacios del imaginario pictórico de Lenny. 
 
 
 
Primera parada: La herida. 
 
La muerte por ahogamiento se caracteriza por la entrada de líquidos en los pulmones, y si el cuerpo en cuestión permanece determinado tiempo en el agua, éste se hincha, la cara cambia de color y los ojos palidecen otorgando al rostro el aspecto fantasmal del que no tiene alma (sin entrar a valorar lo divino o no del asunto). Esto debió ver Caravaggio cuando a principios del S.XVII tomó como modelo el cadáver de una prostituta para su pintura, La muerte de la virgen. Es decir, si no podemos rezar a una mujer, podemos arrodillarnos ante su ficción, y por lo tanto, ante su pintura. 
 
Pues bien, si estás delante de la colección de fotografías eróticas, arrancadas, rotas y superpuestas, te recomiendo que te arrodilles y pronuncies tus plegarias. La razón: estás en un templo y esos papeles no son meros papeles. Estamos ante mitos resignificados en la pared, desgajados de revistas pornográficas, salvados de convivir con páginas impregnadas de las pegajosas pasiones furtivas que uno tiene consigo mismo. El 
pequeño y fino objeto pasa a alzarse como obra de arte: algo que una vez fue mortal, de repente se transforma en eterno. Solo, eso sí, para ser observado.   Lenny es un astuto narrador de historias, y es importante ser consciente de ello, pues tu guardia nunca debe de estar baja. La lucha es una actitud que honra al que mira, pues ¿qué es un cuadro sino una patada en la boca? Si el autor encima es consciente de ese poder, la batuta que caracteriza al hacedor se convierte en un arma inquietante y, cómo no, de prodigiosa efectividad. 
 
Bajo ese efecto emprendemos el camino con el friso de yeso como guía, un elemento que se podría leer como una “aguja”, algo que nos acompaña desde el principio hasta el final, pinchándonos y recordándonos dónde estamos y qué estamos mirando. Un generador de espacios capaz de abordar la delimitación concreta del “artificio”. Esta pieza escultórica no está sola, sino que dialoga con otras obras tridimensionales y por supuesto bidimensionales, bañadas (sin lugar a dudas) con la estética más punk. Las cerámicas que presenta te increpan preguntas, acertijos que debes resolver si no quieres caminar a ciegas. Una manera de dialogar que nos conduce a artistas de la talla de Andreas Golder o Marlon Wobst. 
 
Y de heridas seguiremos hablando, pues parece que es ahí donde se esconden los grandes temas, y solo en algunos casos, ciertos artistas. Como si echara mano de un separador quirúrgico, nace la intencionalidad de desentrañar la carne que conforma su propia época, para rescatar no solo a Bonnard, Vuillard, Munch, Matisse o Kirchner, entre otros, sino para darle también un lugar especial a Francisco Peinado: un artista con el que comparte mundo, un maestro para los aprendices más atentos. La bruma que queda en suspensión cuando acabas un cigarrillo o las visiones de una realidad que has corrompido para convertirla en madriguera... Existe un ejercicio de todo eso en estas pinturas, una búsqueda que se nutre del buen gusto del artista, porque si algo puedo decir de estos trabajos es, sin lugar a dudas, que estamos ante una pintura culta. 
 
 Segunda parada: La costra. 
 
El aceite y el pigmento, como todo buen fluido lascivo, pasan por distintas fases o estados de transformación, pero tengo que incidir en la realidad sólida del mejunje. Cuando la pintura alcanza este valorado grado de incapacidad volátil, el ejecutor, puede (pero no siempre) aplicar más y más materia sobre el cadáver químico. Dota así a todo ello de un aspecto visual que llegará a buen puerto si la pericia del artista es buena. En este caso, Lenny plantea algo que no había hecho con anterioridad... O, quizás, lo hizo, pero ya es hablar de tiempos muy pasados y por aquel entonces su “petaca” no estaba tan llena. 
 
Al arrancar la piel al cuadro para adjetivar la imagen de atmosférica, su pintura ahora goza de más aire entre el grano de la tela y la primera capa de pintura, sin alejarla de la perversidad que caracteriza la buena salud de su obra. Como si de un relato se tratara, el mundo espacial que encuadra los momentos o tiempos que describe en su trabajo está hecho de sitios únicos, monumentos a la cotidianeidad que, sin embargo, se retuercen con su pincel y, bajo mi humilde opinión, son asesinados para que luego sean revividos en la retina del espectador. 
 
La razón y el drama comparten escenas simbólicas que se desangran muy a menudo, pero en este caso, la botella de vino jamás se derramará y la copa nunca se volcará, simplemente están ahí, esperando a ser bebidas, esperando a ser miradas. La ironía, pues, juega un papel fundamental en el trabajo de Lenny: dicen los profesionales del escenario que los mejores actores de drama son los cómicos, y que son, por supuesto, los más inteligentes. Siguiendo la analogía, nos encontramos ante un Chaplin que vive en una buhardilla en el París de 1919. Su postilla no representa otra cosa más que el golpe del artista. 
 
 
El regreso. 
 
Existe un momento en el que el espacio está vacío, en el aire se respira un cierto desapego que no es más que la reacción absurda al sentimiento de pérdida que aparece cuando has acabado tu trabajo y lo expones, y éste ya no está ahí, contigo. Es la vuelta al estudio. Creo realmente necesario imaginar cómo debe de sentirse cualquier artista en esa “vuelta a casa”, pues el retorno es, en todo caso, la metáfora perfecta de la línea de salida. 
 
Cuando Lenny vuelva, no dudo que cogerá de nuevo sus telas, vaciará los tubos de óleo y verterá sobre la paleta con extrema generosidad su bote de liquin, los pinceles chorrearán aceite y empezará a destilar otros lienzos, mientras sostiene el puño izquierdo en alto y con la boca muerde un pitillo, con el que pensar. Así imagino a los militantes de una resistencia que, con pose absurda, Skorbuto de fondo y Baudelaire en el aire, abanderan la eterna causa de la pintura. 
 
 
 
 
 
 
 
José Luis Valverde. 

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