
Alejandro Castillo
No me gusta que los amigos vengan a mi casa. Me encanta ir a las suyas porque sus secretos quedan al descubierto. Puedo usarlos cualquier día para hacer chantajes a cambio de los números de teléfono de sus amigas, o de bragas de su esposa que yo mercadearía a otros pervertidos a cambio de más y mayores secretos. El mundo se puede dominar desde las casas ajenas. Charles Bukowski contaba que para ponerse a escribir, cada noche compraba dos botellas de vino californiano del más barato, sintonizaba una emisora de música clásica de la que siempre deseaba que brotasen las notas de Mähler, y una vez compuesto este altar, introducía el folio en la máquina de escribir y repiqueteaba sus ideas igual que un rato más tarde haría con el vómito etílico en la taza del retrete común de su pensión. Aquellos artilugios mecánicos apenas permitían ensayos o errores en manos de un escritor pobre en monedas, que según considero, es una de las peores pobrezas que se pueden padecer, en contra de lo que sostienen algunos espiritualistas millonarios. Por las mañanas se dirigía a la biblioteca pública donde, entre algún marasmo de la resaca, devoraba la obra de los escritores y artistas europeos sobre todo. Charles sólo necesitaba una cama y un mínimo espacio para escribir porque se había convertido en sacerdote mediador entre la palabra y el hombre, ente el puño y un rostro, entre la soga y el cuello. A su alrededor sólo disponía del vacío y de la mirada perdida sobre la descomposición de las ratas atascadas en las tuberías bajo la bañera, o sobre los cigarrillos mojados por güisqui en los ceniceros de cualquier tugurio terminal de madrugada. Su corazón necesitaba un mundo limpio y ordenado en su lógica y sus términos, pero sólo descubría cementerios cerrados por exceso de demanda y ofertas de salvación divina pisadas en charcos donde no se reflejaban las nubes. Había que tener mucha sensibilidad para ser Bukowski.
Ya he dicho que pretendo someter a la humanidad aprovechando sus secretos. Con una tonta excusa me colé en casa de Alejandro. Varios objetos se adueñaban de su cubículo en proporciones bastante diferentes. Igual medida de desorden que de pulcritud en el trabajo. Espacio equilibrado para libros, cuadros y materiales, pero los metros justos para el descanso. La cama sirve como atril para los muchos catálogos y el sofá como caballete para sus lienzos. Ninguna concesión a la cocina. Alejandro duerme, pinta, lee pero no come. Sobre la pared, como un recorte de propósitos de enmienda, el esbozo de una portada que reconozco a pesar de que Alejandro intentó ocultarla mediante el ángulo y plano con que se muestra, Escritos de un viejo indecente, en su edición original americana, Notes of a Dirty Old Man. Este casi apunte, con otros dos que lo acompañan como las tres cruces del Gólgota, presagian la panoplia de trabajos que, por fin, Alejandro ha permitido que hoy vean la luz de forma unitaria por primera vez.
Este conjunto de abstracciones englobado bajo la realidad puede hacer daño cuando se encuentra unido. Incluso su evocación mediante cualquier elemento significante, sea icónico o alfabético, llega a ser perjudicial para la salud anímica, que es la peor salud que uno puede perder, en contra de lo que digan los médicos y los dueños de gimnasios. Tras el rostro más bello, sólo se esconde la vejación a la que será sometido tras la caricia insistente de las horas sobre su piel. La pretensión de congelar un instante es sólo eso, la pretensión. La existencia se cubre de aristas que se pueden doblar como un barco o paloma, pero también se pueden desplegar como el fondo del vaso roto que aguarda sobre el pavimento a que las agujas del sol lo atraviesen por la mañana, o a que lo pisen. Son modos de conducirse por el mundo, son métodos de sobrevivir mediante la mirada. Aprendí en Foucault que toda locura no es más que la impertinencia de un contexto. Aprendí con Jaime Gil de Biedma a devolver el saludo a las primeras floristas, a los chulos y a las últimas putas de la noche. Ya digo, aprender a mirar para que la existencia no fustigue con esos clavos que arroja al azar entre los minutos. Alejandro en su obra re-angula las apariencias, no pretende la aberración del plano, busca una re-ordenación consciente de los cristales que se descomponen en las esquinas donde se aloja el micro-paraíso que alberga este infierno cotidiano, o el micro-infierno que se cobija bajo el cielo que pocas veces protege. El plano que el espectador se propone a sí mismo dictará la sentencia. Alejandro seguirá absorto frente al lienzo más o menos blanco porque a esa carta quiere apostar su vida.
El eco de Bukowski seguirá ahogando amable las sirenas de las ambulancias y el brillo indiferente de la luna. A mí se me han gastado las dos botellas de ron casi a la vez que este disco de Mähler. No podré pedir a Alejandro que me permita dormir un rato en su sillón porque seguro que estará con algún proyecto como si fuera un caballete y seguro que sobre la cama habrá demasiados catálogos como para que me sienta cómodo. No es buen refugio un artista tan consciente de su oficio, aunque estoy obligado a visitarlo cada cierto tiempo para ver de qué secretos suyos podría sacar beneficio. Aún es muy joven y yo esperaré con paciencia el momento de piratearle alguna de sus amigas.
José Luis González Vera






