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DULCE SUEÑO DE VERANO

Desconocía los poemas de Ron Padget hasta que la película Patterson me incitó a leerlos. Su efecto lírico se basa en la cotidianidad de los elementos que utiliza como materiales de construcción poética. No sé, cerillas, la barra de bar después del trabajo, algunas charlas que uno mantiene consigo mismo, la fruta que está en la cocina. Se produce un efecto desacralizador del referente, a la vez que conduce el poema hacia la sorpresa que apenas se esconde tras las cosas y gestos de a diario. Sólo basta agitarla apenas para que brote ante el lector. Ron Padget, pensé cuando contemplé la obra última de Alejandro (Leny), sin que yo pretenda establecer ninguna concomitancia entre ambas artes. Pero puedo acercarme a su obra, como mero espectador al paso, para permitir que me inunde el sopor de verano que transmiten esas leves pinceladas y apenas colores mediante los que regreso hacia el sabor a sal en el deseo, al eco de coco en el aroma de los protectores solares y hacia la piel enrojecida que renueva esta sobrecarga de luz con que la memoria se alimenta cada mañana.

 

El verano se traduce en conciencia de nosotros mismos. Todos los veranos vividos no son sino un solo verano que se aloja perpetuo como defensa ante los fríos con los que la realidad arruga su carga de deberes invernales. Ante esta obra, sin embargo, recuerdo el brillo del sol sobre las olas una día junto a mis abuelos en una playa a la que no puedo regresar porque el tiempo y el espacio me lo niegan, pero ahí queda como paraguas frente a las oscuridades que florecen entre los años. Quizás las mismas olas que robaron el bañador a una turista que las saltaba junto a mí, y me regalaron la emoción de un primer cuerpo desnudo. Puede que, incluso, sean esas las que ahora me abrazan cuando me sumerjo entre ellas ya escéptico por tanto otoño. El verano, quizás, sea conciencia de muerte disfrazada de carnalidad, acallada por la música de los chiringuitos y oculta bajo el palmeteo de las chanclas que presagian una toalla como flor sobre la arena de la existencia. Cualquier verano es todos los veranos, aquí capturados por Leny (Alejandro) para devolvernos porciones de vida fresca pescadas entre la concupiscencia de sus personajes y el desdibujo de tantas emociones comunes, puede que por mediterráneos, tal vez sin razón, como un poema tranquilo de Ron Padget del que nunca sabré si sus versos me calman, o sus imágenes me provocan una lectura lenta como de bombón helado que se derrite entre los dedos.

 

José Luis González Vera

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